Palermo nuevo

A fines del 2006 me tocó vivir, durante un mes, en el barrio de Palermo, en esa zona cercana a Juan B. Justo, donde hace unos años casi nadie quería ir: era oscura, llena de lugares abandonados y pasaba el tren por el medio.

Me llamaron la atención varias cosas, pero algunas en particular me llevaron a hacer una pequeña investigación. En la esquina de donde vivía había dos comercios, uno al lado del otro. Uno era un kiosko y papelería (esos donde las madres compraban de urgencia los mapas, hojas canson o papel glacé que sus hijos tenían que llevar al día siguiente a la escuela y ya eran las i9 de la noche!). El dueño del kiosko tenía una mesa en la vereda donde se sentaba a tomar mate con los/as vecinos/as, y cada vez que le compraba algo me regalaba unos caramelos de goma, de esos que son triangulitos verdes de eucalipto. Pegadita a este lugar había una peluquería de color predominantemente rojo, música electrónica, puf blancos y tragos variados para hacer menos aburrida la espera del codiciado peluquero.

En la misma cuadra había una obra en construcción, con la entrada tapada por paneles que mostraban imágenes de jacuzzis en la terraza, cocheras, rampas para discapacitados, plantas tropicales dibujadas por arquitectos y unas cuantas personas sonrientes. Detrás se veían las grúas y las mezcladoras de material, acompañadas de muchos y variados ruidos que empezaban a las 7 de la mañana. Sobre los paneles que describían las amenities se leía, escrito con aerosol, lo siguiente: “Don Ernesto, gracias por todo, nunca te vamos a olvidar. Los pibes de Palermo”. Mi imaginación reconstruyó una casa de abuelo, un pasillo largo, y unos cuantos chicos entrando y saliendo.

A una cuadra de ahí había otro kiosko, también de barrio pero que abría hasta más tarde, por lo que, durante la noche, se formaban largas filas. Las chicas que estaban primeras eran extranjeras, creo que alemanas. En un castellano no muy entendible pero lleno de buena voluntad hicieron su pedido. El señor que estaba atrás mío me miró con cara de cómplice e hizo un comentario bastante despectivo con respecto a las turistas. No soy dada a la conversación callejera, y menos aún cuando tratan de hacer causa común conmigo en algo que no comparto, así que opté por hacer que no entendía el idioma en el que me estaba hablando.

Esa breve estadía en el barrio me recordó mi paso por un proyecto llamado Plan de Sector de Palermo. Un grupo muy activo e interesante formado por vecinos del transformado barrio, comerciantes de la zona, representantes del gobierno local a través de los Centros de Gestión y Participación de la época de Ibarra y un pequeño grupo de metodólogos de FLACSO que tratábamos de lograr que todas esas personas se pusieran de acuerdo para que, sin frenar el crecimiento económico de Palermo, los habitantes de la zona continuaran viviendo con tranquilidad. Así me enteré de algunos problemas en los que pocas veces había pensado: el ruido durante la noche, la cantidad extra de basura, la proliferación de bares y velitas y el cierre de verdulerías y carnicerías. Fue un gran desafío y se consiguieron varios logros, tanto para comerciantes como para vecinos.

A esto se sumó el requerimiento de un trabajo de investigación para aprobar el posgrado de Gestión Cultural y Comunicación de FLACSO, por lo que elegí como tema el rol del gestor cultural en las transformaciones barriales, tomando como caso de estudio el barrio de Palermo. El resultado fue, además de haber aprobado el curso, este trabajo que comienza así:

El barrio de Palermo, en la ciudad de Buenos Aires, está sufriendo una vertiginosa transformación urbana desde principios de los ’90, que ha transformado una zona principalmente residencial de clase media en un sector de consumos cada vez más exclusivos. El resultado es una urbanización fragmentada entre los usos tradicionales del barrio y los nuevos. A esto se suma la intervención de los operadores inmobiliarios privados que adoptaron a los sectores medio-altos y altos como objetivo, desplazando a los sectores populares y medios. Por otra parte, como consecuencia del corrimiento del Estado, se está produciendo un fenómeno de pérdida de control sobre lo público y lo privado, que hace que convivan en conflicto tres actores diferentes: los que viven, los que trabajan y los que pasean en el barrio.

Para descargar el trabajo completo hacer clic aquí.

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